Cuando el sol se oculta detrás de los cerros y el viento comienza a silbar entre los arenales de La Esperanza, los abuelos todavía bajan la voz para contar una historia que ha pasado de generación en generación. Dicen que bajo aquellas tierras silenciosas duermen los tesoros de los antiguos gentiles, escondidos desde tiempos remotos y custodiados por fuerzas que nadie se atreve a desafiar.
Hace muchos años, un humilde indio recorría las faldas de los cerros llevando el agua hacia los cultivos. Era una tarde extraña: el agua no corría como siempre, sino que desaparecía lentamente en la arena, como si la tierra tuviera sed. Intrigado, el hombre se acercó y sintió que el suelo cedía bajo sus pies. Con temor apartó la arena y, ante sus ojos asombrados, comenzaron a aparecer grandes vasijas de barro enterradas en las profundidades.
El corazón le latía con fuerza. Corrió hasta donde estaba el patrón y le contó lo sucedido. El hacendado observó el hallazgo en silencio, y con voz grave le ordenó volver a cubrirlo todo y guardar el secreto para siempre.
Pasaron los meses. El indio obedeció, pero el recuerdo de aquellas vasijas no lo dejaba dormir. Una noche regresó al lugar acompañado de un amigo. La luna iluminaba apenas el cerro mientras ambos cavaban buscando la riqueza escondida. Nadie volvió a verlos con vida.
Al amanecer, los encontraron muertos cerca del sitio. Los ancianos dijeron que les había dado el “mal del aire”, el castigo que reciben quienes intentan arrancarle sus secretos a la tierra. En el lugar solo quedó un enorme hoyo abierto; del tesoro no quedó rastro alguno.
Desde entonces, el misterio creció. Poco tiempo después, el fundo donde trabajaba el indio comenzó a prosperar de manera inesperada. El patrón levantó una gran casa, compró maquinarias, extendió sus tierras y su fortuna aumentó día tras día. Muchos aseguran que aquella riqueza nació del tesoro oculto de La Esperanza; otros prefieren guardar silencio.
Y así, cada vez que el viento sopla sobre los cerros y la arena parece moverse sola, los pobladores recuerdan la antigua advertencia: hay tesoros que pertenecen a la tierra, y la tierra jamás entrega sus secretos sin pedir algo a cambio.

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