Dicen los antiguos que hay hombres marcados por el destino desde el día en que nacen. Uno de ellos fue Facundo, el "Negro Facundo", un personaje cuya historia aún se susurra entre los pobladores cuando cae la noche.
Aquella mañana, el amanecer parecía más hermoso que nunca después de una tormenta interminable. Sin embargo, en el corazón de Facundo seguían rugiendo los mismos fantasmas que lo perseguían desde la infancia. Como era costumbre, salió de su escondite y caminó hasta la cantina del "Peludo". Apenas cruzó la puerta, los parroquianos huyeron despavoridos, como si la muerte hubiera entrado con él.
Se sentó en el rincón de siempre y pidió una botella de pisco y dos vasos. Nadie entendía por qué servía un segundo vaso, aunque todos aseguraban que conversaba con un compañero invisible. Bebió lentamente. El primer trago apenas pudo sostenerlo entre sus manos temblorosas; el segundo calmó la resaca y el miedo que lo consumía por dentro.
Cuando terminó de beber, salió del local con una sonrisa desafiante, convencido de que era invencible. Pero el destino ya había escrito su última página.
Un puñal atravesó su espalda. Cayó de bruces sobre la tierra y, antes de poder reaccionar, varios hombres terminaron con su vida. Mientras la sangre abandonaba su cuerpo, los recuerdos comenzaron a regresar.
Volvió a verse niño, tan negro como el carbón, abrazado a su madre junto a un humilde fogón, en una choza de caña cubierta con ramas. Nunca conoció a su padre. Su madre le decía que había desaparecido antes de que él naciera.
Todo cambió una tarde de invierno, cuando un hombre de aspecto sombrío apareció en la puerta de la vivienda. Su madre quedó paralizada. Quiso escapar, pero él le suplicó que lo escuchara. Aquella noche se quedó en la casa... y luego otra... hasta que nunca volvió a marcharse.
Con el tiempo, Facundo supo que aquel desconocido era su padre, un fugitivo que había escapado después de robar a su patrón. Al principio fingió ser un hombre bueno, pero pronto mostró su verdadera naturaleza: era violento, cruel y despiadado.
Un día, al regresar de recoger leña, Facundo encontró a su madre cubierta de golpes. Sin pensarlo tomó un cuchillo y enfrentó al agresor. Pero el hombre era demasiado fuerte. De una bofetada lo lanzó al suelo y descargó sobre él una brutal golpiza.
Esa misma noche huyó hacia los cerros.
Allí encontró a otros niños abandonados como él. Sobrevivían robando animales y frutas para no morir de hambre. Con los años, la necesidad se transformó en delincuencia. Asaltaban a los campesinos, despojándolos de todo cuanto tenían. El dinero de sus fechorías terminaba convertido en alcohol y drogas, mientras la oscuridad se apoderaba de sus almas.
Pero el hecho que cambiaría para siempre la vida de Facundo ocurrió una tarde solitaria.
Mientras caminaba por un atajo, encontró a un extraño animal parecido a un cerdo, amarrado de patas y agonizando bajo el sol. Movido por la compasión, cortó las sogas con su cuchillo.
Entonces ocurrió lo imposible.
El animal comenzó a transformarse lentamente en un anciano. Era Benítez, conocido por todos como "Yerba Mala", un misterioso hechicero de quien se decía que llevaba más de cien años viviendo sin conocer la muerte.
El viejo comprendió que su hora había llegado.
Con un movimiento inesperado, abrió su propio brazo y extrajo de debajo de la piel un pequeño amuleto sagrado: el Santolino.
Luego hizo un corte en la frente de Facundo e introdujo la diminuta imagen bajo su piel. Levantó la mirada al cielo, escupió hacia las nubes y pronunció unas palabras que, según cuentan, aún resuenan entre los cerros:
«"Hoy es mi momento de morir... y a ti te dejo mi fuerza y la vida para siempre."»
Cuando Facundo recuperó el sentido, el anciano yacía muerto.
Desde entonces, la leyenda asegura que ningún arma podía acabar con el Negro Facundo. Las balas no lo detenían, los cuchillos apenas lo herían y el tiempo parecía no tocar su cuerpo. Muchos afirmaban que era inmortal gracias al poder del Santolino.
Pero otros dicen que ningún pacto puede vencer al destino.
Porque, aunque el Santolino le concedió una vida extraordinaria, no pudo librarlo del peso de sus propios pecados.
Y todavía hoy, cuando la noche cubre los caminos y el viento silba entre los cerros, hay quienes aseguran haber visto a un hombre negro entrar a una antigua cantina, pedir una botella de pisco... y servir dos vasos.
Nadie se atreve a ocupar la silla que queda frente a él.


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