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En Huaral, cuando la noche cae y el viento parece traer voces del pasado, todavía hay quienes recuerdan una historia que pocos se atreven a contar completa.
Hablan de Facundo Nazario, “Facunay”, un brujo cuya fama de cumplidor había traspasado los límites de la provincia. Llegaban visitantes de pueblos lejanos, hombres que buscaban en sus secretos aquello que no podían conseguir por sus propios medios.
Una tarde de junio, un lujoso automóvil negro se detuvo frente a su humilde jacal. De él descendió un hombre rechoncho, de piel blanca, que venía recomendado por el dueño de una hacienda. Facunay lo esperaba bajo las ramas de una higuera, como si supiera desde mucho antes que aquella visita iba a cambiar el destino de varios.
La conversación se prolongó hasta que cayó la noche. Al despedirse, el visitante le estrechó las manos al brujo en señal de conformidad.
Nadie supo qué habían pactado.
Pero el domingo siguiente, cuando Don Amílcar regresó a buscarlo, Facunay había desaparecido. Lo buscó por todos los rincones del jacal, hasta que encontró una hoja de papel con un mensaje que parecía sencillo, pero que encerraba un misterio:
«“El gallo está en el corral”.»
Aquella tarde se celebraba el último día de fiesta del pueblo. El coliseo estaba repleto: se disputaba la gran final del Campeonato Nacional de Gallos de Pelea a Navaja.
Después de verificar las navajas y al sonar de las campanillas, los rivales fueron puestos en la arena.
Uno era un gallo joven, robusto, de colores vivos, con el aspecto de un verdadero matón de gallinero. El otro era un ave vieja, de pocas plumas, color indefinido entre el negro y el plomo, con apenas un pequeño moño de plumas en la cola.
Los apostadores lo bautizaron como “El Cenizo”.
Cuando el gallo joven cantó, una vocecita desde la tribuna gritó:
—¡Ese es mi Máximo!
Pero cuando el rival respondió con su canto, quienes lo escucharon vieron palidecer a más de uno.
El moro se lanzó con fuerza y juventud. El Cenizo recibió los primeros ataques y comenzó a perder sangre. El careador, al verlo herido, se metió al ruedo y lo llevó a su esquina.
La reacción del público fue inmediata.
—¡Que sigan peleando!
—¡Una final no puede terminar así!
Los espectadores pifiaban a rabiar. Querían ver a uno de los gallos enterrar el pico.
El careador miró de reojo a Don Amílcar. La señal fue clara: el gallo debía continuar.
De nuevo, ambos rivales se encontraron en la arena.
Esta vez, el moro se contuvo. El Cenizo estaba en guardia y lo miraba con una expresión que parecía imposible en un animal: odio.
La pelea seguía siendo desigual. El gallo viejo se desangraba, mientras el moro, seguro de su fuerza, caminaba en círculos y observaba a su rival con desdén, como si ya se sintiera vencedor.
Los minutos pasaron lentamente. Para los espectadores, parecían horas.
Los jueces estaban a punto de declarar ganador al gallo local, pero los apostadores llegados de otras ciudades se opusieron. Ordenaron que ambos careadores llevaran a sus gallos a las esquinas.
Fue entonces cuando Don Amílcar se acercó disimuladamente al careador y le susurró unas palabras al oído.
Después de deliberar, los jueces ordenaron que los gallos regresaran a la arena.
El careador dejó echadito al Cenizo. Lo acomodó de tal manera que parecía que el ave no tuviera herida alguna.
Entonces levantaron la madera que separaba a los rivales.
Y lo que ocurrió después hizo estallar el coliseo.
El Cenizo voló como un rayo y, de un solo navajazo, abrió a Máximo en dos.
El espectáculo fue tan inesperado que los gritos de emoción sacudieron las tribunas. Los foráneos, únicos que habían apostado a favor de Don Amílcar, corrieron a felicitarlo.
Al fin había conseguido el trofeo que tanto había anhelado.
Pero mientras unos celebraban, un viejo de ojos secos lloraba en las gradas.
Dos días después, Don Amílcar apareció en la casa de Facunay. Lo encontró con el brazo izquierdo vendado.
Entonces comprendió lo que por ahí se rumoreaba.
Dejó lo pactado sobre la mesa y, sin decir una sola palabra, se marchó.
Desde aquel día, en Huaral, cada vez que alguien recuerda al brujo Facunay, hay quienes aseguran que aquella final no fue una simple pelea de gallos.
Porque, según la leyenda, el gallo que entró a la arena no era un gallo cualquiera.

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