Dicen los antiguos que Huaral guarda historias que el viento se niega a olvidar. Entre caminos de tierra, haciendas centenarias y pampas silenciosas, una leyenda ha pasado de abuelos a nietos, recordándonos que no toda riqueza trae felicidad.
Hace muchos años vivía don Julián, hacendado de la hacienda Huayan. Era conocido por su nobleza y buen corazón, pero la desgracia comenzó a perseguirlo. Las cosechas se perdían una tras otra, los campos lucían secos y la herencia de sus antepasados estaba a punto de ser rematada. Desesperado, creyó que la muerte era la única salida.
Aquella tarde, sentado sobre una enorme piedra en medio del potrero, llevó un revólver hasta su sien. En ese instante, un fuerte remolino levantó polvo y hojas. De entre la oscuridad apareció un imponente caballo negro, montado por un elegante caballero vestido completamente de negro.
—Caballero, me he perdido. ¿Podría indicarme el camino? —preguntó con una voz extraña.
Don Julián, sin temor, respondió que aquella historia no le parecía cierta. Entonces el misterioso visitante dejó caer las palabras que cambiarían su destino:
—Conozco tus penas. Puedo devolverte la fortuna... si aceptas mis condiciones.
Cuando el sol desapareció y los ojos del caballo brillaron como brasas, don Julián comprendió la verdad: estaba frente al demonio. Aun así, aceptó el pacto.
Desde ese día la fortuna volvió a sonreírle. Los campos reverdecieron, las cosechas fueron abundantes y el dinero llenó sus arcas. Pero toda promesa tiene un precio, y el tiempo jamás olvida.
Cuando llegó el día señalado, una enfermedad fulminante lo postró en cama. Aterrorizado por el destino que le esperaba, pidió la presencia de un sacerdote para confesarse y romper el pacto. Sin embargo, antes de recibir la absolución, murió de rodillas frente al confesor.
Como era costumbre en aquella época, su cuerpo fue llevado en hombros rumbo al cementerio de Huaral. Al llegar a las pampas de Huando, los cargadores hicieron un alto para descansar bajo el intenso sol.
Fue entonces cuando un violento remolino descendió sobre la parihuela. La arena envolvió el ataúd y, tras unos instantes, el viento desapareció tan repentinamente como había llegado.
Los hombres, aún sorprendidos, intentaron levantar nuevamente la carga, pero esta pesaba como si estuviera anclada a la tierra. Al descubrir el cuerpo, quedaron paralizados: el cadáver de don Julián se había convertido en una enorme piedra.
Desde entonces, aquel lugar es conocido como "Descansamuerto", un sitio donde, según la tradición huaralina, permanece petrificado el hombre que vendió su alma por riqueza. Quienes pasan por allí aseguran que, en las noches de viento, todavía puede escucharse el galope de un caballo negro perdiéndose entre la pampa, recordando que ningún pacto con la oscuridad queda sin cobrar su precio.


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