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martes, 25 de agosto de 2026

LEYENDA DE HUARAL: EL RAPTO DE JUAN



La leyenda del santo que quiso ser huaralino


Esta historia me la contó un gran poeta y narrador: Juan de la Cueva.


Me dijo que ocurrió en aquellos tiempos remotos en que, según cuentan los antiguos, las imágenes de los santos no solo se dejaban mirar: también escuchaban, hablaban y hasta caminaban.


Y esta es la historia de Juan el Bautista, el santo que, según la tradición, terminó convirtiéndose en uno de los personajes más queridos de Huaral.


Desde los primeros años de la fundación española, el pueblo de Huaral quedó bajo la protección espiritual del profeta del desierto, San Juan Bautista, aquel hombre que, según las Escrituras, bautizó a Jesús en las aguas del Jordán y cuya vida terminó trágicamente cuando, por petición de una mujer, su cabeza fue entregada en una bandeja.


Pero por aquellos tiempos Huaral no tenía una imagen del santo. En su templo apenas podía contemplarse su figura en una estampa.


En cambio, en el vecino pueblo de pescadores, Chancay, existía una hermosa imagen de San Juan Bautista que compartía el templo con San Pedro, patrono de los chancayanos.


Y dicen que los huaralinos de entonces eran hombres de carácter fuerte, gente de armas tomar y, sobre todo, devotos.


Así que un día tomaron una decisión que hoy podría parecer increíble:


¡San Juan debía venir a Huaral!


Una noche, aprovechando la oscuridad, un grupo de huaralinos llegó hasta Chancay. Entraron sigilosamente al templo y, en un abrir y cerrar de ojos, cargaron con la imagen.


No se detuvieron.


Caminaron con el santo hasta Huaral, donde un grupo de devotos los esperaba con emoción y alegría.


Por primera vez, San Juan Bautista tenía un hogar huaralino.


Pero la alegría duró poco.


A la mañana siguiente, los chancayanos descubrieron lo sucedido.


La indignación fue enorme.


Se organizaron, tomaron sus armas y marcharon tras los huaralinos para recuperar a su santo.


El encuentro fue inevitable.


Hubo pelea.


Y después de una dura disputa, los chancayanos, gracias a su número y sus armas, lograron recuperar la imagen.


San Juan regresó a Chancay.


Los huaralinos quedaron desconsolados.


Pero no se dieron por vencidos.


Comenzaron a celebrar misas, a elevar oraciones y a pedir con fervor que el santo regresara algún día a Huaral.


Y fue entonces cuando, según cuenta la leyenda, comenzó el verdadero milagro.


---


De regreso en el templo chancayano, Juan fue colocado nuevamente junto a San Pedro.


Una noche, cuando todo estaba en silencio, ambos santos habrían comenzado a conversar.


—Juan, te noto diferente. ¿Estás pensativo? —preguntó Pedro.


—Es cierto —respondió Juan—. Te voy a contar algo. Huaral es un pueblo generoso y hospitalario. Apenas llegué, me llevaron a su templo y me colocaron en una hornacina que habían construido especialmente para mí. Ya estaban preparando una gran fiesta en mi honor, con procesión y paseíto incluido.


Pedro lo miró sorprendido.


—Pero Juan… tú perteneces aquí. Este es tu hogar.


Juan guardó silencio durante unos instantes.


Luego respondió:


—Te equivocas, Pedro. Dos soles no pueden brillar en un mismo lugar. Y yo ya descubrí dónde está mi futuro.


Aquella misma noche, tomó una decisión.


Se marcharía a Huaral.


---


A la mañana siguiente, cuando el sacristán abrió las puertas del templo, encontró algo que jamás pudo explicar.


Detrás de la puerta estaba San Juan Bautista.


Todo empolvado.


Como si hubiese caminado durante horas por los caminos, cruzando la inmensa Pampa del Inca, hasta regresar por sus propios medios a la tierra donde, según la leyenda, había decidido quedarse.


La noticia corrió como pólvora.


Los huaralinos celebraron el regreso del santo.


Pero la felicidad nuevamente duró poco.


Horas después aparecieron los chancayanos.


Y se llevaron nuevamente a su imagen.


Sin embargo, esta vez sucedió algo extraordinario.


Juan regresó.


Y volvió a regresar.


Una y otra vez.


Los chancayanos colocaban guardias en la puerta del templo.


Pero el santo encontraba la manera de escapar.


Viajaba de noche, entre gallos y medianoche, como un peregrino silencioso que conocía perfectamente el camino.


Chancay lo recuperaba.


Huaral lo recibía.


Chancay volvía por él.


Y Juan… volvía a Huaral.


Así pasó el tiempo.


Hasta que los chancayanos, cansados de aquel misterioso vaivén, terminaron aceptando lo que parecía inevitable:


San Juan había elegido Huaral.


Y allí, finalmente, pudo descansar.


---


Pero la historia no terminó con aquel viaje.


Cuenta la leyenda que, en una de sus conversaciones con San Pedro, Juan le confesó algo que habría sellado para siempre su destino.


—Pedro —le dijo—, cuando estuve en Huaral hablé con el encargado de mi custodia. Me hizo una promesa.


—¿Qué promesa? —preguntó Pedro.


—Me ofreció un altar. Una fiesta cada año en la que yo sería el patrono principal. Y también me prometió construir una pequeña capilla para mí, lejos del pueblo, en medio de las lomas.


Pedro guardó silencio.


Entonces Juan añadió:


—Creo que esa es la razón por la que mi corazón decidió quedarse allí.


Y así nació una tradición que durante muchos años formó parte de la memoria religiosa y cultural de Huaral.


Cada año, los fieles sacaban a San Juan Bautista de su hornacina y emprendían una romería hacia las Lomas de Granados, donde se encontraba su capilla.


Allí le rendían homenaje.


Rezaban.


Cantaban.


Compartían.


Y después, entre la fe y la alegría popular, el santo era llevado por sus devotos por los caminos y lomas de aquellos cerros que se convirtieron en parte de su historia.


Pero el tiempo pasó.


Las generaciones cambiaron.


Los caminos se fueron quedando en silencio.


Y aquella tradición, que durante años reunió a familias enteras alrededor de San Juan, se perdió.


Hoy, quizá pocos recuerden aquellas antiguas romerías.


Quizá pocos sepan que, según la leyenda, hubo un santo que escapaba de un pueblo para regresar al otro.


Un santo que fue llevado por la fuerza.


Un santo que fue recuperado.


Un santo que, milagrosamente, regresaba una y otra vez.


Pero sobre todo…


un santo que, según cuentan los antiguos, eligió quedarse en Huaral.


Y tal vez por eso, cuando alguien pregunta por qué San Juan Bautista ocupa un lugar tan especial en el corazón de los huaralinos, los mayores sonríen y responden:


—Porque Juan no llegó a Huaral por casualidad…

Juan eligió Huaral.


Y desde entonces, dicen, San Juan Bautista dejó de ser un santo que fue raptado… para convertirse en un santo que decidió quedarse.

Una historia que el tiempo casi se llevó.


Una tradición que merece ser recordada.


Y una leyenda que, mientras alguien vuelva a contarla, nunca terminará de morir.






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